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Ilusiones frustradas

  • alTiradoArt
  • 25 may 2020
  • 3 min de lectura

Actualizado: 26 may 2020

de Joaquín García Tirado



-¡No me sueltes, por favor, no me sueltes! –grité desesperadamente a la vez que ella se lanzaba al suelo, sobre la nieve, asiendo con todas sus fuerzas mi brazo en el mismo instante que lo hacía yo al suyo. Fue cuestión de segundos-.

¡Por Dios! ¿Pero qué ha pasado? Nos dirigíamos hacia la “Casa de la Montaña”, donde tantas y tantas veces habíamos soñado compartir nuestras vidas y ser plenamente felices y, ahora, me encuentro colgado de un precipicio a varios cientos de metros del suelo y como único sustento el brazo de mi amor. ¿Pero esto es real?

Allí nos dirigíamos, a la “Casa de la Montaña”. Llevábamos mucho tiempo caminando. Quizá la equivocación pudo estar en la elección del camino a seguir. En algún momento yo opté por ir por carretera, por el más rápido y transitado, por el más común. Pensaba que, en definitiva, se trataba de llegar a ese deseado lugar. En cambio, ella prefirió ir por la montaña. Se trataba de un terreno más escarpado y difícil pero, en ocasiones, disfrutábamos de paisajes y momentos que eran únicos, sublimes, nuestros, ¡sólo nuestros! y, eso, me hacía pensar menos en el tortuoso y fatigado viaje. Seguir caminando con la esperanza de encontrar otro oasis donde disfrutar de ella y con ella, antes de llegar a nuestro destino, me daba fuerzas para continuar.

Pero, ahora, la situación era otra.

-¡Dios, cariño, me estoy quedando sin fuerzas! –grita ella. Tiene los ojos llenos de lágrimas que ni se puede secar. Alguna de ellas me cae en el rostro. La veo desesperada. Impotente. Haciendo esfuerzos titánicos que, por desgracia, presumo estériles.

Hago un leve balanceo y puedo apoyar el pie sobre un saliente de apenas unos centímetros pero, imposible, la piedra se desgrana de la pared y varias caen al vacío. Miro fugazmente la caída. Parece que lo hacen despacio, como si no tuviesen prisa por llegar abajo y estrellarse contra el suelo salpicado de nieve.

Ella vuelve a gritar, sigue llorando, sigue diciéndome ahogadamente que no puede más. Que se está quedando sin fuerzas. Que me quiere. Sigue llorando…

Pienso en lo que va a pasar ahora. No hay opción a pedir ayuda, estamos solos. Tan solos…

¿Y nuestros sueños? ¿Y esa vida que queríamos compartir? ¿Y tantos proyectos por realizar en nuestra “Casa de la Montaña”? No volveré a abrazarla, a besarla, a quererla… ¡Dios mío! ¡Qué desatinado tropiezo he tenido al acercarme al borde del acantilado! Sólo pretendía cortar una flor, tan bonita como ella, cuando cedió el terreno y me vi colgado de donde estoy ahora.

Me estoy quedando sin fuerzas. Levanto la cabeza y la miro. Sigue ahí, fiel, con mi brazo agarrado y llorando, mirándome y preguntándome con la mirada qué puede hacer para no soltarme porque los minutos pasan y ella no puede aguantar así mucho tiempo más. Pero en realidad desfallecemos los dos. Mi peso es considerable y ella es frágil y, cada vez, está más cansada…

Quisiera decirle “te quiero” pero no puedo, se me ahogan las palabras. La veo más bonita que nunca y mis sentimientos y frustraciones se multiplican por mil. Lloramos. La situación es angustiosa.

-¡Cariño, no puedo más! ¡Me estoy quedando sin fuerzas! –repite de nuevo con pena.

Por un segundo nos miramos, ella sigue tumbada en la nieve, al borde del acantilado, intentando sujetarme con todas sus fuerzas. Sus ojos siguen inundados de lágrimas de impotencia.

Miro al cielo y su azul intenso daña la vista. Giro la mirada hacia ella otra vez. El pelo desaliñado que le cae sobre la cara se le mezcla con las lágrimas.

- ¡Mi vida…! -no dice más pero sé que desfallece segundo a segundo.

En ese momento dibujo una sonrisa y le susurro un “te quiero” desde lo más profundo del alma.

- ¡No, no, no! –repite desesperada y atropelladamente cuando intuye mi intención.

Con un leve gesto suelto su brazo, que queda estirado con la mano abierta como una garra, y la gravedad hace el resto.

Siento que me alejo de ella tan despacio como aquellas piedras que se desprendieron. No dejo de mirarla y oigo su desgarrador grito de dolor e impotencia.

¡Madre mía! ¡Cuánto amor me ha quedado por darte...!

Segundos después, oscuridad. Silencio.

J.G.TIRADO



Imagen de Sasin Tipchai en Pixabay

 
 
 

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